Lic. Clementina Colombo

Tres historias de personas +50 que encontraron una nueva etapa profesional

Durante muchos años nos hicieron creer que había dos caminos.

El primero era seguir trabajando cada vez más. Más responsabilidades. Más horas. Más sacrificio. Muchas veces construyendo los proyectos de otros.

El segundo aparecía cuando todo eso terminaba: la jubilación, el descanso, algún hobby para ocupar el tiempo, con algo de suerte nietos.

Pero si construiste una carrera con ambición, acumulaste décadas de experiencia y sentís que tenés mucho para aportar, probablemente ninguno de esos dos caminos te represente.

Porque no querés volver o quedarte en ese ritmo acelerado.

Pero tampoco querés convertirte en un espectador de la vida de los demás.

La realidad es que existen muchos más caminos.

Algunas personas terminan enseñando.

Otras crean una consultora o emprendimiento cultural.

Otras encuentran un nuevo rol cómo un fractional.

Algunas combinan varias cosas al mismo tiempo.

Y otras descubren proyectos que jamás habrían imaginado unos meses antes.

Después de acompañar a decenas de personas en este proceso, descubrí que el problema rara vez es la falta de alternativas.

El verdadero problema aparece antes.

Cuando no hay claridad para decidir, un criterio para priorizar, ni un método para transformar toda una trayectoria en una nueva etapa que tenga sentido para la vida que querés vivir.

Las tres historias que siguen muestran cómo ese proceso puede verse de formas completamente distintas.

S. — De vivir para trabajar a trabajar para vivir

S. pasó más de treinta años en la industria petroquímica.

Había construido una carrera impecable, acostumbrado a resolver problemas complejos, dirigir equipos y trabajar bajo una presión que muy pocas personas soportan.

Las jornadas de doce horas, las guardias y las paradas de planta eran parte de su normalidad.

Cuando salió de su último trabajo, lo primero que dijo fue que quería hacer consultoría independiente.

Parecía tenerlo claro. Pero mientras abría oportunidades, aparecían la espera, las dudas y la ansiedad. Ya no estaba tan seguro.

Cuando empezamos a trabajar apareció un conflicto mucho más profundo.

De chico había visto cómo una empresa familiar terminó destruyendo vínculos. Asociarse significaba poner en riesgo el patrimonio, perder libertad y repetir una historia que había prometido no volver a vivir. Pero al mismo tiempo, sentía el sueño pendiente de liderar su empresa.

No había grises. Seguía midiendo el éxito con la misma vara que había usado durante toda su carrera: cuanto más sacrificio, más valor tenía el trabajo.

Antes de decidir qué proyecto construir, necesitábamos cambiar ese criterio.

Definimos primero cómo quería vivir.

Quería volver a jugar al tenis.

Ir al gimnasio.

Almorzar tranquilo.

Trabajar con personas que respetara.

Seguir sintiendo el desafío que siempre había disfrutado y formar equipos de gente jóven.

Con ese mapa claro, la respuesta tomó forma.

En lugar de elegir entre volver a encerrarse en una estructura corporativa, tomar cualquier consultoría sin importar con quién o arriesgarse a emprender y perder libertad, diseñó una figura de asesor externo, con un fee mensual, libertad para elegir otros proyectos y sin comprometer su patrimonio.

En ese proceso surgió claramente una conexión: una empresa liderada por dos jóvenes profesionales que años atrás habían aprendido con él y ahora podía servirles su experiencia.

El resultado no fue solamente sumarse a un equipo de trabajo. Fue elegir con quienes, diseñar una nueva forma de trabajar y de probar caminos a bajo riesgo.

M. — Descubrir que empezar de nuevo no significa empezar de cero

M. tuvo una carrera brillante en la industria farmacéutica. Y un sueño pendiente.

A los 62 años decidió mudarse sola a Italia.

Cuando llegó al programa decía que buscaba un trabajo part-time en su nueva ciudad para mantenerse activa.

Era un objetivo razonable.

Pero no era el que realmente importaba.

Había otros: validar si la mudanza era permanente (al fin y al cabo, implicaba estar más cerca de sus hijas). Construir nuevas amistades en un país distinto. Vivir la cultura y los paisajes de ese nuevo lugar.

El objetivo final no era encontrar trabajo.

Era armar una nueva vida y entender quién era en ese camino.

Por eso el proceso no empezó ajustando el currículum.

Empezó definiendo sus no negociables.

La libertad.

La ética.

El aprendizaje.

Con esos criterios claros, se armó una estrategia para probar dos caminos distintos: continuar su recorrido profesional bajo las oportunidades del nuevo país y explorar un proyecto propio.

Empezó a apuntar a posiciones donde realmente podía aportar valor.

Se animó a contactar personas que admiraba.

Llegó a instancias finales de procesos de selección muy por encima de lo que imaginaba.

Y al mismo tiempo comenzó a diseñar un proyecto alrededor de dos temas que siempre la habían apasionado: la bioética y el cine.

Incluso rechazó una entrevista.

No porque no pudiera hacer el trabajo.

Sino porque implicaba renunciar a la libertad que había ido a buscar.

Lo más valioso del proceso no fue encontrar un puesto, fue descubrir que tenía más herramientas y capacidades que las que reconocía. Y que las lleva consigo para siempre.

J. — Descubrir que no hay una única alternativa

J. lleva casi tres décadas en una automotriz.

Su identidad estaba profundamente ligada a la planta, al ritmo industrial y al enorme equipo que lideraba.

Lo que más miedo le daba no era jubilarse.

Era dejar de tener el respaldo del nombre de la empresa y preguntarse si alguien seguiría valorando su experiencia cuando el logo desapareciera de su tarjeta.

Llegó con muchas ideas.

Un emprendimiento familiar.

Un proyecto turístico.

Cambiar completamente de rubro.

Pero ninguna terminaba de convencerlo.

Cuando empezamos a trabajar apareció un patrón que se repetía una y otra vez en toda su historia profesional.

Cada vez que hablaba de los momentos que más había disfrutado, no hablaba de los indicadores.

Hablaba de las personas.

De formar líderes.

De acompañar ingenieros jóvenes.

De ver crecer a otros.

De la importancia de la familia.

Ese descubrimiento cambió completamente el rumbo del proceso.

En lugar de obligarse a elegir un único camino, diseñamos una estrategia donde pudiera explorar distintos proyectos.

Tantear las aguas antes de elegir y empezar a armar el andamiaje para transicionar de su trabajo en algunos años.

Aceptó un nuevo desafío dentro de la empresa, pero bajo condiciones diferentes, delegando mucho más y recuperando tiempo para su vida personal.

Eso le permitió sumarse como voluntario con jóvenes en programas educativos.

Se incorporó a la universidad para dar clases como invitado y probar ese rol.

Y empezó a explorar un proyecto familiar alrededor de recetas de chacinados que compartió con su mamá y con su hijo, algo que podía explorar sin apuro, y que siempre había estado presente en su historia pero nunca había considerado.

Lo importante no fue generar muchos proyectos, fue definir cuáles valía la pena probar y los criterios por los cuáles elegirlos.

Pero sobre todo, fue entender que todos respondían a una misma motivación.

Planificar a conciencia para dejar legado sin renunciar a la calidad de vida.

Lo que tienen en común estas tres historias

Si mirás solamente el resultado, parecen historias completamente distintas.

Uno terminó haciendo asesoría.

Otra combinó la búsqueda laboral con un proyecto propio en otro continente.

Otro unió empresa, universidad y proyectos familiares.

El verdadero cambio no pasa por el proyecto en sí.

Los tres llegaron diciendo algo parecido.

"No sé qué quiero hacer."

"Tengo demasiadas ideas."

"Siento que todavía tengo mucho para dar, pero no sé cómo convertirlo en un proyecto."

Ninguno necesitaba más experiencia.

Ninguno necesitaba otro posgrado.

Ninguno necesitaba empezar de cero.

Lo que necesitaban era un proceso para ordenar todo lo que ya habían construido y tomar decisiones con un criterio distinto al que habían usado durante treinta años de carrera.

Llegan porque llevan meses intentando resolver una pregunta nueva con las herramientas del pasado.

Buscan la respuesta correcta.

Cuando en realidad primero necesitan una forma distinta de hacerse las preguntas.

Porque antes de decidir si conviene emprender, dar clases, hacer consultoría o buscar un nuevo trabajo, hay otras decisiones que ordenar.

¿Qué lugar querés que ocupe el trabajo en esta etapa de tu vida?

¿Qué cosas ya no estás dispuesto a negociar?

¿Qué parte de tu experiencia querés seguir poniendo al servicio de otros?

¿Y cuál sentís que ya cumplió su ciclo?

Cuando esas respuestas aparecen, las opciones dejan de competir entre sí.

Empiezan a ordenarse.

Y recién ahí tiene sentido decidir cuál es el próximo proyecto.

Eso es lo que hacemos en Programa Vigencia.

No damos respuestas prefabricadas ni proponemos un único camino.

Trabajamos sobre un método para que puedas ordenar tu experiencia, tomar decisiones con criterio y diseñar una etapa profesional que sea coherente con la vida que querés construir.

Porque después de más de treinta años de carrera, el desafío ya no es demostrar de lo que sos capaz.

Es decidir, con intención, qué vale la pena construir a partir de ahora.

© Clementina Colombo | Todos los derechos reservados